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Dona Ambrosia de Castello, 2015, óleo sobre tela, 200 x 200 cm

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A principios de julio de 2015, en plena ola de calor (a las ocho y media de la tarde estábamos a más de treinta grados), Teresa y yo fuimos a una conferencia sobre el Tao en Avinyonet de Puigventós, el único pueblo de la comarca que tiene nombre y apellidos. Fue muy interesante. Me reencontré con una versión de mi mismo muy joven, de larga melena rubia (los calvos somos propensos a estas poéticas evocaciones capilares), que leía todo lo que caía en sus manos: boom latinoamericano, Hermann Hesse, Maugham, los expatriados místicos británicos que vivían en California del Sur, encabezados por Aldous Huxley y Allan Watts, Skinner y un larguísimo etcétera. Leí también Freud, Jung, Bettelheim, tratados de parapsicología, de antipsiquiatría (R.D. Laing), gnosticismo (Los evangelios gnósticos, de Elaine Pagels, fueron una revelación) y filosofía oriental, como el legendario Zen en el arte del tiro con arco, de Eugen Herrigel y, naturalmente, el Tao Te King, de Lao Tsé. Imposible saber lo que fui capaz de procesar, pero le ponía ganas.

Cuando me senté en la sala donde se impartía la conferencia no recordaba nada, pero no tardé en darme cuenta de que aquella primera lectura juvenil había sido bastante útil, después de todo, porque me permitió subir un peldaño en la escala de la percepción, como diría Aldous, desde el que pude acceder a otros. En mi primer libro, entre Creta y Sausalito, décadas más tarde, transcribí un pensamiento zen que acaba con un apoteósico "No modificando nada en su esencia, todo se cumple", que es puro Tao.

Jordi Vilà explicó una cosa que me pareció importantísima y que, al mismo tiempo, me desconcertó, porque es algo que a estas alturas de mi vida debería saber y, sin embargo, ignoraba por completo. Los puntos y las comas son un invento bastante reciente. En la literatura antigua no existían, no había más pausas que las que escogía el lector. Eso vale para la primera edición del Tao Te King, para el Código de Hammurabi y para los jeroglíficos egipcios.

Las consecuencias de este hecho son enormes, los textos cambian sustancialmente de significado según dónde coloques la puntuación, dando lugar a múltiples interpretaciones. El lector está siempre expuesto a la calidad y a la intencionalidad del traductor.

Mientras Jordi (profesor de chi kung de Teresa y traductor del chino al español del I Ching, para Atalanta) repasaba algunos de los ochenta y un capítulos del Tao, se me ocurrió pensar en Ramon Llull, porque lo tengo en la cabeza y porque hizo una alusión a la deidad femenina; y yo tengo una pintura grande en el estudio de una Menina que me gustaría incluir en la exposición, pero no sé cómo.

Unos minutos antes había relacionado los dos mundos: el Tao y Llull, evocando un aforismo del Evangelio de Tomás, apócrifo: "Si os preguntan qué señal del Padre hay en vosotros; responded: es un movimiento y una quietud", que he incorporado recientemente en la muestra sobre Llull. Son seis pinturas sobre papel, realizadas en 2006. En todas ellas pinté un damero clásico, de sesenta y cuatro casillas, en movimiento, mientras un personaje de espaldas, pequeño, siempre el mismo, lo observa desde una de las esquinas. Debajo está transcrita la frase de Tomás.

El aforismo tiene una relación evidente con el elogio a la quietud taoísta.

Esta correlación de ideas provocó que me perdiera algunos de los capítulos comentados por el conferenciante, pero me dejé llevar y seguí esta linea de pensamiento, a ver dónde me llevaba. Finalmente decidí incluir la pintura de la Menina en la exposición. En el catálogo, en lugar de acompañarla de un texto descriptivo, como suelo hacer, simplemente formularé una pregunta: “¿Dónde está la referencia femenina, en la obra de Ramon Llull?”

Para mí, la Menina, con su estructura formal cuadrada (es la única figura antropomórfica que conozco que no es alargada), con las caderas sobredimensionadas por efecto del miriñaque, siempre ha sido un icono de la feminidad. Ella representa la fecundidad; la creación. Como me dijo un taxista en Varanasi, después de parar y comprar una guirnalda de flores que puso frente a una colorida estampa, en el salpicadero, She's God.

Yo, de momento, mientras la busco en alguna de las doscientas cincuenta obras de Llull, la he ubicado precisamente en el centro del damero.

En el juego de ajedrez, el Rey se defiende desesperadamente en un rincón de su territorio, atemorizado, con la movilidad muy reducida y rodeado de acólitos dispuestos a dar la vida, mientras que la Reina despliega todo su poder. El uno representa tan sólo la vida y la muerte, ella el poder y el saber vivir.

Es la reina del gran juego.

Creo que he encontrado algo; quizás un principio, un desencadenante, o una epifanía.

Cuenta la leyenda que Ramon Llull llevó una vida mundana, cortesana y trovadoresca, hasta la edad de treinta años, llegando a ser senescal del rey Jaume II de Mallorca. Entonces, a pesar de estar casado y tener dos hijos, se enamoró perdidamente de Dona Ambrosia de Castello, una bella dama genovesa. La persiguió hasta que ésta, acorralada, le confesó que estaba gravemente enferma de cáncer de pecho. La búsqueda de una curación desesperada para su amada empujó a Llull a consultar con médicos judíos y árabes en su ciudad natal, Palma de Mallorca (entonces llamada sucintamente Ciutat), Barcelona, Gerona y Montpellier, porque eran los mejores de la época. Aprendió el árabe y, una vez en el camino del conocimiento, ya no pudo o no quiso detenerse. Como algunos brahmanes orientales, lo dejó todo y dedicó su vida a la búsqueda de la verdad.

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